Existirá una época —dicen que no muy distante— en que la diferencia entre humanos y máquinas se habrá desdibujado; donde las capacidades que nos distinguen de circuitos y aleaciones sofisticadas se habrán disipado. Y, tal vez, cuando eso suceda, cuando nos percatemos de esas transformaciones, nos agobie la incertidumbre, nos espante la vacilación. Eso, al menos, es lo que ha inquietado a varios pensadores desde hace ya varios años, cuando lo que antes era sólo un asunto de la ciencia ficción, empezó a colarse en nuestras vidas. Los cyborgs, esos humanos con artefactos tecnológicos en sus cuerpos, de repente comenzaron a formar parte de la cotidianidad; comenzaron a salirse de los libros y las películas para pasearse por las calles con sus músculos de ingeniería. Tal y como muchos lo habían podido advertir con Blade Runner o The Terminator —por sólo nombrar un par— esos extraños cobraron protagonismo. Lo hicieron desde que a principios de la década del 60 los doctores Manfred C...
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